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Despedida
“En el silencio mismo (no en el mismo silencio) tragar noche, una noche inmensa inmersa en el sigilo de los pasos perdidos”
ALEJANDRA PIZARNIK
Mi casa era una casa grande, me di cuenta cuando comencé a caminarla.
Un día, limpiándola, me interné más allá de la mugre, a veces uno suele ir más allá de lo que se debería, buscando o tratando de encontrar como se debe a esa misma y esquiva mugre que, como la vida, reaparece después de cada día.
Parada en la oscuridad las cosas se vieron claras, repentinamente, como las habitaciones que aparecieron frente a mí y cuya existencia ignoraba.
Los cuartos estaban llenos de muebles, todos de diferentes estilos, muebles que nunca había visto ni siquiera en vidrieras o revistas. Algunos lucían en buenas condiciones, otros se veían viejos y deteriorados. Yo encontraba en cada uno detalles, la pata de una mesa bien trabajada, el brazo de un sillón con incrustaciones y molduras, algo demasiado cargado para mi gusto. Todo estaba ahí, abandonado, rodeado de bloques de cemento, un ambiente semi desmoronado, cubierto de polvo y escombro.
Imaginé que colonias de personas se dieron asilo cuando todo era resplandeciente y nuevo; a esas personas debí llamarlas “familia”, una larga fila de paredes desnudas, sin techos, arrasadas por una guerra silenciosa, invasora, casi como la que usó a la Gestapo para manosear, humillar y desmantelar.
Hubiera preferido borrar esas imágenes, pero la huella provocada en el espacio curtido de la madera, era fiel testimonio, una herida, un rasguño sobre el mobiliario en desuso, casi como el del cristal astillado irreparable, tanto como la mentira a destiempo.
Yo sentí la necesidad de llevarme esos muebles, supongo que fue el deseo íntimo del cambio, cambiar los míos que también se veían arruinados, por estos otros que se encontraban en el mismo estado, pero que para mí podrían llegar a resultar nuevos. Cambiar a tiempo, tal vez, los hábitos, las costumbres, quizás las personas.
Al final, opté por alejarme, la tentación no iba conmigo, demasiado racional para actos delictivos.
El mismo sendero que me trajo me devolvió. La misma puerta por donde salí me estaba esperando para volver atrás, a la realidad.
Cuando dejé de pensar en mi sueño apareció Emilio, se sentó a la mesa conmigo, intercambiamos… palabras y una taza tibia de té.
Yo, dueña de monólogos me quedé interpretándolos y deduciendo lo que él no dijo.
Cuando Emilio se levantó de la mesa luego de beber el desayuno, me quedé sola. Era domingo, pero no importaba mucho, él estaba apurado, no le daban los tiempos. Tomó sus documentos, subió al auto y se fue.
La puerta siempre se cerraba ante mis ojos, cuando él se marchaba, como una guillotina cortando al ras, dejando doliente a la mirada.
“Isabel, ve a limpiar, no los has hecho todavía” -pensé-. Yo, era Isabel, debía tener todo en orden, Isabel no me permitía que faltara en algo, tampoco el domingo.
Los hijos se levantaron y dieron vuelta la casa. Como si fuera un rompe cabezas volví a rearmarla.
Yo… Isabel, suspiró, el mate se había derramado sobre la carpeta de hilo blanco que lucía debajo del florero.
Yo… Isabel, dijo algo, nadie se dio por aludido, me callé, había demasiados monólogos aprendidos y aprehendidos, cansados de cansar.
Isabel… Yo, recogió los restos verdes con la esponja verde, sumergió la prenda almidonada, regalo de tía Adelina, abrió las restantes ventanas de los cuartos que aún respiraban lunas, sacudió las sabanas para que el sol penetrara en ellas y ablandara el aire. El aire estaba duro ahí adentro, había un grito desesperado que Isabel… Yo, asfixiaba en su garganta “la vida es linda” -pensaba-.y sabía que su pelea tenía zapatillas puestas y que por eso debía seguir el camino. Prolongar la vida, dignificándola desde algún lugar o desde el lugar que nunca había tomado. “Un pedacito de mí para mí y no para los otros. Yo… Isabel, lo exijo”. No sé por qué ese afán de explicar y explicarme que, yo, primera persona del singular, soy Isabel, ¿será esa vana necesidad de reafirmarme?
El teléfono sonó, era Norma, mi mejor amiga y esposa del primo de Emilio
-¿Preparaste la maleta ya? -fue el saludo.
-¿Qué maleta? -pregunté.
-La de Emilio ¿o acaso te olvidaste que viaja mañana?...
Yo… Isabel, no sabía, pero hice que sabía.
Emilio solía viajar a menudo. En esta oportunidad, decidió preparar su ropa, retiró del placard sus mejores prendas, las estiró sobre la cama y prolijamente las acomodó en la valija. Yo… Isabel, me quedé mirando como se iban.
Partimos para el aeropuerto, el auto que nos conducía parecía transportarnos al infinito. El reloj confirmaba que el tiempo para suerte de Emilio, esta vez sobraba.
Isabel… Yo, no sabía nada de aviones, nunca me había subido a uno, pero para que preocuparse si no subiría.
Por los altavoces se escuchó la sentencia y los prisioneros, felices por la libertad, se levantaron de la mesa de la confitería, Emilio dejó caer un billete, acomodándolo entre el ticket y el cenicero que desbordaba colillas. Se incorporó, me miró a los ojos
¿Sabía Emilio que… Yo… Isabel, tenía ojos?...
Me abrazó y se fue.
“Mi casa era una casa grande, me di cuenta cuando comencé a caminarla”
Llegué, era de noche. Abrí la puerta, la cerré, me apoyé en ella y miré la sala en el silencio mismo.
“Todo estaba ahí, abandonado, rodeado de bloques de cemento, un ambiente semi desmoronado, cubierto de polvo y escombro”
Angeles Charlyne
De “La puerta que…”
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